A mi me enseñaron que a las personas buenas hay que conservarlas. Él es una de esas personas buenas que encontré, que tuve el placer de compartir con él un millón de aventuras y que hoy me esfuerzo por mantener contacto.
Terminamos el año pasado por agosto, después de casi un año de tener la relación en la UCI. Yo preferí apagar las máquinas y dejarla descansar de una vez.
Pero al D. no lo puedo dejar ir, no sólo por todo el tiempo que estuvimos juntos, también porque fue mi primer y único pololo. Y también porque tengo la convicción que el amor es eterno, por eso lo amaré siempre.
Mientras por mail le insisto que nos veamos de nuevo, que seamos amigos, enterrada en mi cama trato de separar las emociones, de ordenar los sentimientos. Porque la mescolanza que deja este hombre es tamaña. La convicción de que lo sigo amando pero ya no quiero compartir con él como parja, creo que la tengo sólo mientras la distancia nos mantiene a raya. No sé si con él a lado mis fuertes soldados sigan en pie.
Pero soy obstinada -mi mayor defecto creo- así que le sigo insistiendo hasta el cansancio.
Y de repente, hoy me doy cuenta que ya no puedo leer su blog porque lo ha desaparecido del ciberespacio, ni puedo ver sus fotos en flickr porque también las ha desaparecido, ni me manda más mails... Y es extraño lo que me pasa con todo esto, porque no sé si me da pena, me da lata o siquiera me da algo además de rabia por ya no ser el centro de atención.


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