lunes, 25 de junio de 2012

Ese hombre en pasado que aún es presente


Al ex-amor de mi vida todavía lo amo. Le insisto que seamos amigos. Trato de expicarle que los 6 años que compartimos no desaparecen como si fuesemos a hacer magia, que lo necesito en mi vida porque por obra del tiempo y de mi amor incontenible es parte de mi vida y quiero que siga siendo parte de mi vida.
A mi me enseñaron que a las personas buenas hay que conservarlas. Él es una de esas personas buenas que encontré, que tuve el placer de compartir con él un millón de aventuras y que hoy me esfuerzo por mantener contacto.
Terminamos el año pasado por agosto, después de casi un año de tener la relación en la UCI. Yo preferí apagar las máquinas y dejarla descansar de una vez.
Pero al D. no lo puedo dejar ir, no sólo por todo el tiempo que estuvimos juntos, también porque fue mi primer y único pololo. Y también porque tengo la convicción que el amor es eterno, por eso lo amaré siempre.
Mientras por mail le insisto que nos veamos de nuevo, que seamos amigos, enterrada en mi cama trato de separar las emociones, de ordenar los sentimientos. Porque la mescolanza que deja este hombre es tamaña. La convicción de que lo sigo amando pero ya no quiero compartir con él como parja, creo que la tengo sólo mientras la distancia nos mantiene a raya. No sé si con él a lado mis fuertes soldados sigan en pie.
Pero soy obstinada -mi mayor defecto creo- así que le sigo insistiendo hasta el cansancio.
Y de repente, hoy me doy cuenta que ya no puedo leer su blog porque lo ha desaparecido del ciberespacio, ni puedo ver sus fotos en flickr porque también las ha desaparecido, ni me manda más mails... Y es extraño lo que me pasa con todo esto, porque no sé si me da pena, me da lata o siquiera me da algo además de rabia por ya no ser el centro de atención.






viernes, 22 de junio de 2012

Un desastre


Por donde lo mire, con optimismo y aún así, en todo sentido un desastre.
Es cierto que no tengo los pies bien puestos en la tierra. Yo le echo la culpa a Mazapán y la Cuncuna Amarilla, que me hacían cantar hasta el cansancio en el jardín cuando era chica. Porque igualito que la cuncuna yo quiero volar como los pajaritos del árbol afuera de mi ventana –la que invierto tiempo considerable mirando a diario- “¡¿Por qué no seré como ellos?! Preguntaba mirando a los cielos”, es como si estuviese describiendo mi imagen.
Pero tampoco es como que sea tan extremadamente malo andar pajaroneándo ¿no? O sea, muchas veces pasar casi rozando nada más el suelo resulta ser una gran ventaja en esta vida. O al menos a mi me parece así. Porque cuando el estrés se está comiendo vivos a los que me rodean y me mira con cara de antojo, yo le devuelvo la mirada y me empiezo a elevar, y a ese monstruo horroroso no le queda otra que quedarse con las ganas. Sí, tal cual vivo mi vida. “Ligerita” como le gusta decir a la Magali.
El problema es cuando tanta ligereza me hace olvidar hasta el día de la semana que es. O peor, me hace no tener idea pa´dónde va la micro. Y no es que yo no trate de darme un tiempo -porque me lo doy- para hacer una mirada introspectiva a ver si encuentro alguna pista. Es más bien que cuando miro adentro lo único que veo es una maraña indescifrable. Un atado de emociones mezcaldas, un nudo de anhelos, un soberano enredo.
Y es raro, porque cuando era más chica me parecía que tenía todo tan claro. Sabía lo que quería y cómo lo quería. Eso no es normal ¿cierto? ¿Que una adolescente tenga las cosas más claras que una adulta? ¿Perderse en el camino mientras estás andando? No, a mí no me hace sentido.
Pero así como desastroza, también tengo fe. Fe en que en algun momento la confusión se va a disipar. Fe en mi, en que voy a ser capaz de vencer mis miedos y hacer algo con mi vida.

miércoles, 20 de junio de 2012

Obertura

Los días lluviosos son, definitivamente, de mis favoritos. No sé bien si es el sonido, el olor, el color o la temperatura. Probablemente, todo lo anterior junto.
Aunque a veces sí, me ponen triste. Es que me hacen volar más lejos que de costumbre y de vez en cuando, quedo enganchada en las ramas de algún árbol en posiciones nada cómodas.