Después de todo, me guardé el corazón para que no me lo dañasen de nuevo. Para no sufrir, para no llorar, para no comer chocolate en exceso.
Pero la verdad es, que el corazón no se puede guardar. Porque muy en medio del pecho estará, pero se manda solo.
Le puse llaves, candados, cadenas, cajas de seguridad, le puse hasta una alarma. Pero nada me sirvió, porque ahí se fue el estúpido, a enganchar otra vez en la rama de un árbol ajeno. Como si en mi jardín no hubiesen suficientes árboles. Ha de ser que es cierto el dicho de que siempre el sol pega mejor en la vereda de al frente.
Sí, puede ser que yo no sea muy mina pa' mis cosas, pero ver tanta película de Disney me dejó cagada igual. Y mi corazoncito inocente y buenón que entrega cariño sin pedir nada a cambio se dedica a hacer lo que mejor sabe, querer, amar y reír. Mientras la cabeza terca que se hace la valiente, la fría, la moderna, trata de controlar los daños colaterales y le pide encarecidamente al corazón que no lo de todo de una vez, que se vaya con cuidado, que dosifique. Pero yo me pregunto ¿será eso posible? ¿será eso bueno? ¿será eso lo mejor? Porque al final de cuentas, la vida es sólo una y hay que vivirla a concho, intensamente, como si cada instante fuese el último, porque no sabemos cuantos más nos quedan.
Entonces, mi corazón se lanza de cabeza a la piscina sin medirse y la cabeza lo sigue de atrás, indecisa, pero lo sigue al fin y al cabo.
Hoy parece que vomito arco iris, quizás mañana todo haya sido una falsa alarma, nada más que los rollo que se pasa una mina de vez en cuando.
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