El último en morir fue mi abuelo, el 8 de junio del 2022. Viejo duro pal concurso.
Recién ahora, a 3 años, logro poco a poco poner en palabras tanta cosa.
No me di tanto cuenta entonces –más bien no me permití darme cuenta por completo- pero mientras acompañaba muertes, también yo me morí un poquito. Nunca me había disociado tanto antes, sobrevivencia creo que fue. Pa poder aguantar, apagué lo más que pude el caudal de emociones y sin querer apagué también un poco más. El fueguito en medio del pecho casi se me extingue, apenas una brasita, apenas.
Es difícil explicar cuando pa fuera no te ves hecha pico. No es que haya querido mentir –y no creo haberlo hecho. Ahora creo que era esa brasita apenas encendida aferrándose al fulgor, aferrándose al calor. Era yo queriendo cesar la existecia aferrándome a la vida al mismo tiempo.
Hoy entiendo que me agoté. Me agoté el cuerpo, me agoté la mente y, por sobre todo, me agoté los sentimientos. Tenía el corazón cansado, profundamente cansado.
Estuve en pausa, o al menos así lo sentí, aún dormida, aún exhausta, todo el año siguiente. Quería tanto volver a salir, volver a webear, volver a ese recuerdo de mí antes de la muerte. Pero no podía, no me daba la energía. Entonces no supe entender que seguía tan cansada aún. Es que pasaban meses y pasaban meses y hasta mi mismo cansancio ya me tenía harta. Es cansador tener pena tan profunda, es cansador vivir sin el fueguito vivo.
Pasó más tiempo y sin sentirme lista aún me obligué a salir de la casa, me busqué una pega cualquiera, algo que me sacara de la cabeza rumiando. Seguía tan inmensamente cansada. Pero al menos por un rato salía de mí.
De a poco y sin darme cuenta el cansancio empezó a pasar. Encontré otra pega, una no tan cualquiera esta vez. Volví al aula, aunque de a poco, como asistente. Quizás fueron les peques que me ayudaron, sin que ni elles ni yo nos diéramos cuenta, a que el cansancio se siguiera desvaneciendo. Y cuando se presentó la oportunidad volví a ser educadora, después de tantísimo tiempo. Dije que sí con bastantes aprensiones, alguna vez hace años que parecen vidas dije que no quería volver. Pero el tiempo engañoso más mi mala memoria desdibujaron los límites y las razones.
No pasaron ni dos segundos y ya quería salir corriendo. Volvió el agotamiento. Y aunque esta vez por razones tremendamente distintas, en el cuerpo se sintió igual –dicen que así funciona el trauma.
Me demoré dos meses de darle vueltas y más vueltas, en solitario. De fantasear con no estar más ahí, de imaginar realidades distintas, de volar lejos y abrir los ojos y seguir ahí. Me enojé, me enojó el cansancio otra vez, me enojó la pega que se acumulaba y acumulaba y la única forma de sacarla era en el tiempo libre –que si se ocupa en trabajar pues ya no es libre, solo no pagado. Y nuevamente sentí mi fueguito achicarse, calentar menos. Pero el puto sistema de mercado machacando fuerte y al mismo tiempo no poder responder de que sirve tener más lucas si no tengo tiempo pa ocuparlas… Me agobié. Y aunque por un momento me pareció impulsivo, en retrospectiva veo que no lo fue. Renuncié.
Renuncié con miedo de no tener plan b –ni a, ni c, ni z. Renuncié con miedo de decepcionar a mi vieja. Renuncié con miedo de fallar. Renuncié con tantos miedos.
Renuncié, también, con la certeza en el cuerpo de que fue la decisión correcta. No me tiritó más el ojo, se me pasó la guata mala y solté el puño al dormir. Renuncié con el sueño artístico. Renuncié con ganas de intentarlo, aunque todo pueda salir mal, porque y qué si sale bien.
Muchas veces me han dicho que soy tan valiente. Hoy sí me siento valiente. Porque con miedo, estoy dispuesta a intentarlo.
Y al fueguito en medio del pecho lo siento hacerse fuerte, lo siento sacar chispas, lo siento revivir.
Porque una vez quise desaparecer y no quiero volver a sentirme así.
Entendí entonces que renunciar no era lo mismo que rendirse, sino todo lo contrario. Que no era necesario seguir aferrándome a lo que alguna vez sí fue mi vocación, porque la vida cambia y lo que decidí a los 18 no era una sentencia irrevocable. Sí, alguna vez la educación fue mi vocación. No, ya no lo es más. Hoy –más bien desde hace un buen rato- quiero explorar otras vetas, otras facetas. Y darme la oportunidad de tomarme en serio lo que pareciera un sueño o un sin sentido. Y creerme que en cualquier momento se puede empezar.
Encuentro un poco irónico que se acerque el invierno y yo al fin me comienzo a sentir en primavera.
