Amo a mis amigas. Mujeres hermosas, mujeres geniales. Pero a
veces, cuando nos reencontramos después del tiempo abismal que nos separa me
siento un poco extraña. Al principio pensé que podría ser envidia, pero no, no
era eso. Atrapada entre la nostalgia del antes, de cuando compartíamos secretos
y nos cansábamos de nuestras rutinas compartidas. Y la bofetada que me da el
ahora, yo aún a mitad de camino entre el nunca fue y el nunca será, ellas más
bien parecen a paso seguro avanzando hacia el futuro prometido: la pareja, la
casa, los hijos, la familia, la carrera… Y sí, comparé y por un momento pensé que
era envidia, quizás de estar en algún lado mas no de estar en su lado. Pero no, nunca quise comprar el futuro prefabricado. Pero en algún lugar entre las fantasías, los sueños con los ojos abiertos, las nubes, las risas, los vuelos y el evadir, eterno evadir, se me perdió la seguridad y lancé la flecha sin mirar en que dirección, no la vio aterrizar si es que lo hizo.
Y así de fácil me volví a encontrar perdida, deseosa, de ese no sé qué, ansiosa, mañosa...
Amo a mis amigas, pero me sentí prepuber en fiesta de viejos. Como las primeras veces que empezamos a ir pubs de 'adulto-jovenes', o cuando cambiamos el carrete intenso por las oncecitas.
De repente fue como si los años sí me pesaran, como si esos números imaginarios tuviesen más sentido del que nunca tuvieron. Pero igual que siempre el tiempo sigue corriendo, girando y detrás voy yo corriendo, qué más da. Y sin querer sigo pensando lo que haré 'cuando grande'.
