Este año fue todo, menos fácil. Faltan 2 días para que se acabe y aún no logro acostumbrarme, adaptarme.
Empezó en la incertidumbre y sin quererlo se volvió estable... pero no cómodo.
Me ha costado encontrar fuerza a diario para mover las comisuras y armar una sonrisa, el sentimiento inagotable de la no pertenencia, sentirse un poco bicho raro. Seguir dándole vueltas a qué será lo que falta, quizás lo que sobra. Sentir en medio del pecho una urgencia loca de moverse y no encontrar el cómo. Sentir alas creciendo por debajo de la piel y no saber cuándo.
Un año revuelto, otro año más revuelto. Una maraña, como siempre. Y en medio de mi locura desesperante y media tristona habitual la alegría enorme, rebosante de haber encontrado una nueva amiga. Amiga linda de esas que llenan el alma. Estrellita fugaz iluminando el cielo.
Y aunque no puedo evitar mi alegría porque este año, al fin, se acaba, al mismo tiempo no quiero que llegue el próximo. Quiero estirar las horas, alargar los días. Porque mi estrellita fugaz se va a iluminar otros cielos, se va a competir con la Torre Eiffel el puesto a la más bonita, se va a buscar su amor. Y sí, por supuesto que le deseo lo mejor, felicidad y magia infinitas, amor, amor, amor, amor del bueno. Pero ¿qué hago con la pena? Todavía no se ha ido y ya no sé dónde meterla.
Voy a extrañar tanto los abrazos apretados, las risas estúpidas sin fin, las narices rojas.
Tanta pena que ya se me acabaron las letras...
En fin, en el corazón quedan los fuegos artificiales y ya que mi memoria no aguanta me quedan las fotos.
